Exconectados en Yorokobu

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Reportaje por Marcus Hurst.

Hace unos años empezaron a circular por Twitter unas viñetas del dibujante Tom Tomorrow que retrataban la siguiente escena: un hombre anciano está tumbado en la cama de un hospital. A su lado se encuentra su hijo y un monitor cardiaco que va midiendo sus pulsaciones. El padre, ya moribundo, le dice a su vástago:

—Hijo…
—Dime, padre.
—Hijo, he tenido una buena vida. Sólo hay una cosa que me hubiera gustado haber hecho distinto. Ojalá… Ojalá…
—¿Ojalá qué, padre?
—Ojalá hubiese pasado más tiempo discutiendo con desconocidos en Twitter.

Mucha gente se tomó a broma estas imágenes que circularon por la Red como la pólvora en múltiples memes. Pero detrás de esta aparente broma había una crítica mordaz hacia unas herramientas que se han convertido en armas de distracción masiva.

La viñeta conectó de manera especial con las personas cansadas de sentir ese enorme vacío que recorre el cuerpo tras haber pasado horas navegando sin orden ni concierto. Ser el más ocurrente del timeline permite cosechar muchos likes, pero es un regodeo fugaz que rápidamente se difumina en cuanto desaparecen las notificaciones de color rojo en Facebook.

Hay quien descalifica estas preocupaciones alegando que se trata simplemente de una cuestión de organización. La clave, dicen los entendidos, está en usarla de manera responsable para que la tecnología esté a tu servicio y no viceversa. Pero para muchos resulta una rémora que nos vemos incapaces de controlar por mucho que lo intentemos.

Al cabo del tiempo nos damos cuenta de que no hemos construido nada duradero. No hemos terminado aquella obra de teatro que queremos escribir, ese videojuego que brota en nuestro interior o aquel guion que queremos convertir algún día en una película. Ese trabajo requiere una profundización y concentración incompatible con el ejercicio habitual de echar el día en internet.

¿Qué futuro depara entonces a quien no ve otra salida que desconectarse completamente de la Red para llevar la vida que quiere? ¿Es posible hacerlo sin que tu vida social se desmorone y acabes siendo un paria? Son preguntas que han perseguido a Enric Puig Punyet de forma obsesiva durante los últimos años.

El filósofo catalán llevaba tiempo elaborando un discurso escéptico contra lo que considera una tecnofilia desmedida en la sociedad actual. En sus intentos de profundizar en el tema se encontró con un grupo cada vez más numeroso de personas que habían decidido alejar internet de sus vidas.

No eran individuos de una avanzada edad incapaces de subirse a un carro que se les escapa por una cuestión generacional. Todos eran menores de 40 años y lo consideraban un medio natural. Tampoco respondían al cliché de exejecutivo agresivo que decide dejarlo todo para llevar una vida bucólica en el campo. Eran personas urbanitas que habían conseguido labrarse una vida satisfactoria sin tener que depender de la web.

Puig Punyet pasó meses tomándose cafés con decenas de personas que lo habían conseguido. Forjó amistades libres de interrupciones de smartphones, se fue de marcha con más de uno sin colgarlo en Facebook al día siguiente y después de un tiempo acabó con un buen puñado de historias que ha convertido en La gran adicción, un libro que retrata la historia de diez personas que han tomado la decisión de vivir sin internet hoy en día.

Todo por la foto

Kaya es una de estas personas que se cruzó en el camino del pensador catalán. Antes de dejar la Red, esta londinense de 26 años trabajaba en una empresa de comercio electrónico del sector de la moda. Su sueldo era bajo, pero recuerda esos tiempos como bastante felices: aprendía mucho y se lo pasaba bien acudiendo a las fiestas semanales que organizaba la compañía para cohesionar el grupo.

Un día llegó a sus manos un artículo que le llamó la atención. Era un reportaje que hablaba sobre cómo habían cambiado los hábitos de los estudiantes estadounidenses que viajaban a Florida cada primavera para ir de fiesta. El rito, llamado Spring Break, consistía en organizar enormes bacanales a pie de playa donde todo vale: meterse cualquier cosa que se pone por delante, follar con quien se presente y beber como si no hubiese un mañana. El articulista explicaba cómo en los últimos años la intensidad de estas quedadas se había reducido considerablemente. Y la causa de este apaciguamiento de las masas sedientas de farra no tenía nada que ver con un mayor control policial ni unas leyes más estrictas.

«Exponerse ahora salvajemente en la vía pública ha pasado a significar exponerse al mundo entero. Si alguien es fotografiado tomando drogas o desnudo en medio de la calle, la imagen pasa automáticamente a formar parte de un material que tarde o temprano acabará llegando a los ojos de padres y profesores, y a los ficheros de los futuros responsables de recursos humanos que se encargarán de decidir quién obtiene un empleo», explica Puig Punyet.

En lugar de dejarse llevar por la situación han «pasado a comportarse como quieren ser vistos». Las cámaras de vigilancia se han vuelto irrelevantes. Están en todas partes y no sólo tienen la capacidad de registrarte en cualquier momento, tienen el poder de difusión instantáneo.

Kaya encontró un paralelismo interesante en esta historia con las fiestas de su oficina donde reinaba el postureo. «La gente no actuaba distinto por temor a la mirada de padres o de profesores, pero sí pensaban más en la foto que se colgaría al día siguiente en las redes que en la fiesta en sí».

Durante la fiesta los asistentes «seguían trabajando. Nunca lograban relajarse y disfrutar porque debían estar siempre perfectos, siempre con sus mejores poses y sus mejores sonrisas».

«Precisamente por ese motivo, se dijo Kaya, en las fotos de Facebook repetimos hasta la saciedad las mismas poses, los mismos guiños. Porque está todo estudiado, porque forma parte de nuestra imagen de marca personal. Y porque estamos siempre al tanto del fotógrafo accidental, siempre al acecho con su teléfono móvil y dispuesto a subirlo todo de inmediato a la Red».

En palabras de Puig Punyet: «La fiesta, el mundo, no era sino una gran sesión fotográfica para todos sus participantes, que habían llegado a tener casi inscrito en su código genético que eran las pequeñas estrellas de cine de su modesto canal particular».

«Ha pasado a ser más importante la exhibición posterior que la vivencia presencial del momento», reflexiona el catalán en una entrevista posterior por Skype.

Esta experiencia vital fue la que llevó a Kaya a cambiar su vida por completo a partir de una pregunta que empezó a lanzar a sus amigos: «¿Qué te parecería, de vez en cuando, una fiesta realmente privada, sólo para nosotros, en la que no se dejara tomar fotos, una fiesta casi secreta, que no se pudiera publicar en ninguna parte?».

Las respuestas positivas fueron casi unánimes y la joven londinense decidió ponerlo a prueba invitando a 50 personas a una farra en su casa. «La mayoría de los asistentes dejó el móvil en sus casas y a nadie se le ocurrió tomar una foto ni grabar un vídeo. No hubo mensajes de WhatsApp ni llamadas. A nadie se le pasó por la cabeza ponerse a consultar la pantalla de su teléfono en medio de la fiesta», relata Puig Punyet en su libro.

Kaya lo petó con su guateque casero. «Gozaron de una tranquilidad y de una sensación de libertad que no habían vivido en mucho tiempo. Todos bebieron, se rieron, bailaron como locos, se quitaron los zapatos y las prendas que sobraban se ensuciaron. Algunos se besaron en público. Otros, exhaustos, se quedaron dormidos en el sofá. Y todos, sin excepción, perdieron la compostura y se liberaron de la presión de la imagen que puede llegar a publicarse».

«Acabó siendo mucho más desenfrenada y salvaje de lo que probablemente habría sido una celebración similar antes de que apareciera internet», continúa el relato del libro. «La gente estaba expectante ante el acontecimiento, deseaban desde el fondo de sus entrañas liberarse de los grilletes de tener que estar siempre guapos, siempre correctos».

Esta experiencia convenció a Kaya de que había encontrado algo inusual, algo incluso que podría convertirse en un medio de vida para ella. Al poco tiempo se propuso organizar estos eventos de forma periódica donde el secretismo era el principal elemento diferenciador frente a todos los demás eventos que se pelean por ser los más ruidosos en las redes sociales.

Puig Punyet asistió a uno de estos festejos organizado en una fábrica abandonada a las afueras de Londres. «Lo primero que me llamó la atención fue que la actitud de todos los participantes era casi ceremonial. Todos estaban entregados en cuerpo y alma a la fiesta. Nadie estaba en una realidad paralela o alternativa. Ninguna pantalla encendida. Todos hablaban entre ellos, bailaban, bebían, reían».

La ausencia del móvil negó a los participantes la posibilidad de refugiarse en sus pantallas para huir de los encuentros casuales. Kaya llevó su filosofía de vida más allá. Hoy sólo utiliza el teléfono fijo y ha prescindido de móvil e internet. «Quizá es sólo un argumento para promocionar sus fiestas, pero ella asegura que desde entonces se siente liberada y con una conexión mucho más profunda con el mundo», explica Puig Punyet.

Esta es sólo una estrategia. En el ensayo del filósofo hay muchas más. Desde el músico que decide suplantar identidades para evadir los promotores que exigen tener un número de seguidores determinado en redes sociales hasta la pareja que decide quitar la conexión a sus hijos durante un mes para ver el resultado.

En el caso de Davide, un cocinero con tendencias adictivas, renunciar a internet le permite descubrir el placer de ir a una agencia de viajes para planificar sus vacaciones. Una actividad que prácticamente ha desaparecido para su generación, pero que acaba encontrado muy satisfactoria tras crear un vínculo humano. Tampoco sufre demasiado prescindiendo de Google Maps. «A pesar de que destinaba más minutos, incluso horas, a obtener un resultado, no era tiempo perdido. Porque durante el proceso tenía encuentros insospechados con personas desconocidas e interesantes. Descubre lugares nuevos».

Ser una chica Tinder hoy

Cristina es una ceramista barcelonesa que decidió cerrar todas sus puertas al mundo digital después de ser absorbida durante meses por Tinder.

«Es antinatural. Cuando se inicia una conversación con alguien en la app, se abre una relación psicoanalítica donde no hay más que lenguaje. A veces estos chats se pueden alargar meses. Si se consigue traspasar este medio y quedar en persona, se inicia la fase verdaderamente importante, que es la química. Si esto no funciona, habrás perdido una enorme cantidad de tiempo absorbido por ello para darte cuenta que algo tan básico como la química no va», dice Puig Punyet.

Si la relación prospera, muchos usuarios deciden mantener abierta la aplicación y con todo ello, un abanico de posibilidades interminables. Queda la duda de si hay alguien mejor esperando a la vuelta de la esquina. «A la mínima que hay conflicto con la otra persona se vuelve a a la app en busca de esa persona perfecta que no existe».

Cristina empezó a sentir cómo esta aplicación le chupaba el tiempo. La sensación que sentía era similar a la que produce estar enganchado a un videojuego superadictivo como Farmville. «Tomó la decisión de dejar internet por completo para intentar recuperar su tiempo libre».

Puig Punyet ve ciertas similitudes con el síndrome de París. A partir de los años 80, la embajada japonesa empezó a identificar casos de turistas nipones que entraban en una depresión al visitar la capital francesa. Venían con una visión tan idealizada de la ciudad que se veían profundamente afectados cuando se daban cuenta que no era tan perfecta como se habían imaginado. Cuando tu móvil está lleno de un número inabarcable de personas atractivas, la sensación es de euforia. La imaginación vuela pero puede acabar estrellada con la cruda realidad, que nunca es tan perfecta como uno imagina.

Tecnofobia no, tecnofilia tampoco

Puig Punyet asegura que no es ningún tecnófobo. La mera sospecha o crítica hacia internet no debería generar reacciones adversas. «Es absolutamente necesaria». Él no ha dejado internet pero sí dice haber abandonado el internet que no le gusta. Ya no está en redes sociales, cambió su telefóno inteligente por un móvil tonto y limita su uso al email y consultas conscientes y puntuales en su navegador. «Mi intención es introducir una voluntad literaria para humanizar un tema que necesita nuestra atención urgente. Ojalá sus historias nos ayuden a retomar el control de nuestras vidas».

De sus entrevistados, ve algunos casos patológicos pero todos le han ayudado a aprender métodos nuevos para la desconexión. «Visto que internet crea adicción, que estamos generando dependencia digital, deberíamos reclamar que nunca desaparezcan las opciones offline de nuestra vida. Que nunca se nos requiera tener internet para coger un autobús. No podemos exigir al individuo que tenga que relacionarse con esta tecnología para acceder al espacio público».

Con esa frase el padre exhala su último suspiro. El monitor cardíaco deja de sonar de manera intermitente y pasa a emitir un pitido continuo que certifica su defunción.

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On 12/01/2016
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